Anciano

El anciano subía por la ladera nevada, una blanca lechuza le observaba balanceándose en la rama de un almendro desnudo azotado por el frío viento. Cuando el anciano pasaba justo bajo el árbol su curiosidad superó a su tímidez y se atrevió a preguntar:

¿Dónde vas montaña arriba, anciano? ¿No ves que allí el frio es más intenso? No podrán soportalo tus viejos y cansados huesos.

A lo que el anciano respondió:

Es mi sino, pues yo soy el mismo invierno que ya se acaba. Y aunque todos adoran a la hermosa primavera, celebran el cálido verano y se asombran del rojo otoño, yo, odiado y despreciado, debo refugiar mis huesos cansados en el eterno pico nevado de la montaña.

¿Odiado y despreciado? No, viejo amigo, pues no seria tan hermosa la primavera sin el riego de tu nieve derretida, nadie sabría del cálido verano, si no hay frío invierno con que compararlo, el rojo del otoño no sería tan asombroso sin el blanco de tu manto nevado…

El anciano miró a la lechuza, sonrió y siguió su camino sin mirar atrás, dejando a la lechuza encaramada en el desnudo almendro balanceado por el ya no tan frío viento.