Atravesaron el camino del jardín muy despacio, casi arrastrando los pies, como si no quisieran llegar a la puerta.

La casa no era una casa, era más bien una mansión, una mansión de esas que salen en las películas de terror: Grande, destartalada, ecléctica. Con una marquesina sostenida sobre grandes columnas griegas que enmarcaban el portón de la puerta de entrada. Los escalones que subían al porche, de madera podrida, se quejaban quedamente con cada paso. Por fin se encontraban frente a la gran puerta doble de madera pintada de rojo desconchado.

Ahí se pararon, quietos, casi conteniendo la respiración, sin saber que hacer. La puerta, rematada con una ruinosa vidriera con forma de semicírculo, resultaba bastante inquietante, a pesar de representar a tres angelotes rechonchos y risueños, tocando diversos instrumentos entre nubes de cristal azulado.

—Y ahora que hacemos—Pregunto el niño regordete. Tendría unos once o doce años, de hinchadas mejillas sonrosadas y pecosas, ojos castaños y nariz chata. Llevaba el pelo, castaño oscuro, todo revuelto, como si acabara de levantarse de la cama. Unas deportivas desgastadas, los calcetines caídos, un vaquero corto y una camiseta azul arrugada, con el escudo de Superman en el pecho, eran su descuidado atuendo.

A su lado, una pálida y delgada adolescente de unos catorce o quince años, pelo negro lacio y largo sobre la espalda, vestida totalmente de negro, con botines, medias opacas, mini falda plisada con bolsillos y top, (o sea, lo que se suele llamar “moda gótica” o algo así) que compartía con él la chata nariz y los ojos castaños. Respondía:

­

­—Pues supongo que deberíamos llamar, ¿no? — Siguió con la mirada el marco de la puerta. — No hay timbre…

—Prueba con eso— Dijo el niño señalando unas siniestras aldabas que colgaban gemelas en cada hoja de la puerta. En sus tiempos debieron de ser doradas, y representaban a sendos demonios cornudos con siniestra sonrisa.

La chica se dispuso a usar una de ellas para llamar, pero el niño la paró en seco.

—¡Espera!

—¿Y ahora qué pasa?

—¿Estás segura que es aquí?

—Eso creo — La gótica se metió la mano en uno de los bolsillos y sacó una tarjeta. En el lado de la tarjeta sin imprimir, se podía leer una nota manuscrita que rezaba, con letras alargadas llenas de espirales y otros adornos: “puedo ayudaros, a ti y a tu hermano, acudid mañana sobre las cinco a la dirección de la tarjeta” … En el lado impreso de la tarjeta, sobre un brillante fondo negro, se podía leer, enmarcado en un dorado y rococó marco, en letras, aunque impresas, igual de alargadas y adornadas, lo siguiente: “Escuela Exotérica” y con la misma letra, pero más pequeño abajo: “Verónicamiranda”, todo junto.

En la parte de abajo de la tarjeta, ya fuera del marco y con letra de palo, estaba la dirección.

—Avenida de Las Adelfas, 66.— Leyó la adolescente: Miró por encima de la vidriera y efectivamente, el número 66 se encontraba allí, tallado sobre un rectángulo de granito incrustado sobre la puerta. La niña no pudo evitar estremecerse al darse cuenta que los dos “6” estaban juntos a un lado del rectángulo, dejando al otro lado un hueco, con notables evidencias de que en ese espacio hubo otro número antaño, ahora arrancado a golpe de cincel. — Sí, es aquí — afirmó una vez repuesta del estremecimiento. — Y se dispuso a golpear la aldaba.

¡Espera! — Interrumpió el chaval, agarrando la muñeca de la chica.

¡Y Ahora que te pasa! — Exclamó ella.

Tengo miedo — Respondió con voz temblorosa.

No, ahora no, ¡cálmate… respira hondo y cálmate! ¡Ahora no es momento de montar un estropicio de los tuyos!

El niño, cerró los ojos, hizo varias respiraciones profundas, y después de una pausa pareció calmarse…— ¡Ya está!… — Suspiró — ¡Llama! —

Con el primer golpe, la puerta se entreabrió con un chirrido, sobresaltando a los dos. Él, se puso a dar vueltas sobre el porche agitando las manos vehemente mientras intentaba controlar su respiración descontrolada, incluso parecía que sus manos empezaban a humear… Ella le miraba preocupada, salmodiando para sí misma. — ¡No, no, no, no, por favor, ahora no! — Pero finalmente, el niño regordete paró en seco, lanzó un gran suspiro y dijo, como intentando convencerse a sí mismo: — No es nada, no es nada raro… Es sólo que la puerta ya estaba abierta… Sólo eso…— Y mirándola a ella, confirmó tartamudeando — La, la, la puerta está, está, abierta… ¿Qué, que, que, hacemos? ¿Entramos así sin más? —

—No, mejor, llamo otra vez, aunque esté abierta, no podemos entrar así sin más en una casa, ¿no? — Respondió ella, y golpeó la aldaba un par de veces más, esta vez, sujetando la hoja de la puerta para que no se abriera más… Esperaron un rato, y al ver que nadie respondía ni acudía a su encuentro, volvieron a llamar… Después de una pausa, se oyó una risita y una vocecita infantil, desde el interior. — ¡Pasad, bobos! ¡La puerta está abierta!… Los dos se miraron extrañados, y tras encogerse de hombros casi al unísono, empujaron una de las Hojas de la puerta, Sólo lo suficiente para asomarse, pero todo estaba oscuro, lo único que se vislumbraba a penas, gracias a la luz del exterior que se colaba por la puerta entreabierta, era una mesita rococó blanca y dorada, bajo un espejo con marco también dorado, también rococó, en el que se reflejaba entre penumbras un enorme jarrón de estilo oriental con unas polvorientas rosas de plástico, que se encontraba sobre la mesita… Incapaces de ver nada más ni a la persona que había hablado, terminaron entre los dos de abrir la puerta y entrar.

Con la puerta ya más abierta, la luz del exterior iluminaba un poco más, y se podía ver que la mesita rococó y lo demás, se encontraba entre los dos tramos de una suntuosa escalera doble con un lujoso pasamano de madera pintada de blanco. Pero hacia los lados, todo estaba a oscuras y apenas se podían ver unas sillas en hilera apoyadas en la pared opuesta a la escalera, entre las sombras… De un lado de esas sombras, surgía una ahogada risita infantil…

Tanteando a los lados de la puerta, la chica gótica, consiguió encontrar el interruptor de la luz, le costó un poco entenderlo, pues se trataba de uno de esos interruptores antiguos que tiene un aspa que hay que girar para activarlo, y que era completamente nuevo para ella. Cuando consiguió deducir como funcionaba, a tientas, por fin lo giró y la estancia se ilumino con una agria luz incandescente.

Entonces ya pudieron ver las sillas, de molduras doradas y tapizado estampado con espigas también doradas sobre beige, que se disponían en filas en la pared, y que antes sólo pudieron intuir. Sentada en una de esas sillas, se encontraba el origen de las risitas, una niña de unos cinco o seis años, vestida con lo que parecía un uniforme de colegio: falda plisada de tartam, una blusa blanca con mangas y cuello de encaje, medias blancas y zapatos negros de charol. Una diadema rosa le sujetaba los rubios rizos, que enmarcaban una casi irreal cara de muñeca de ojos azules. Sobre su regazo ronroneaba un enorme gato persa blanco, una bola de pelo de cara achatada, cuerpo rechoncho y orejas cortas, que lucía un ridículo lazo rojo anudado a un mechón de pelo, al que la niña acariciaba sin descanso.

A pesar de que dicha imagen no era muy aterradora que digamos, el chaval, quizás por lo repentino de la visión, pegó un respingo y se le escapo un chillido agudo que intento ahogar con las manos. En esos momentos, sin aviso previó, la mesita rococó de debajo de la escalera empezó a arder, y las rosas de plástico parecían derretirse y encogerse… La adolescente, al mismo tiempo que se tapaba los ojos con una mano, extendía el brazo libre hacia el fuego, exclamando —¿Oh, no, no, no! ¡Lo sabía, lo sabía, sabía que esto iba a pasar! — Y acto seguido una repulsiva masa verde y viscosa que pareció salir de la nada, cayó sobre el fuego, destrozando a su paso, flores, jarrón y mesa, y apagando el fuego entre un gran estruendo…

El gordito se dejo caer sobre sus rodillas y sujetándose la cabeza y haciéndose una bola en el suelo, sollozaba. Mientras la chica se agachaba sobre el intentando consolarlo y la niña rubia no dejaba de mirarlos asombrada. El gato seguía ronroneando impertérrito… Desde la entrada se oyó una voz entusiasmada:

—¡Cómo mola! ¿has sido tu?

Todos se volvieron hacia la voz, que provenía de un joven de unos quince o dieciséis años, alto y delgado, de mandíbula cuadrada y nariz griega, con el pelo muy corto de color castaño claro, y piel bronceada. Vestía unas deportivas blancas y un chándal rojo con el cuello blanco y bandas blancas a ambos lados de las mangas y el pantalón. En el pecho lucía un escudo triangular del colegio del barrio: “San Bartolomé”. Dentro del triángulo una inquietante, aunque tosca, figura amarilla y roja. Representaba el martirio de dicho santo, amarrado a un poste desollado en vida.

Bajo el chándal se entreveía una camiseta blanca. —¿Ese es tu poder?… ¿Mocos verdes?… Jajajajajajajaja…—rió a carcajada limpia, contagiando a la niñita rubia, que se unió a su carcajada…

—¿Poder? — Respondió la chica gótica frunciendo el ceño.

—Claro, por eso estamos aquí, ¿no? — dijo el chico, mientras se metía la mano en un bolsillo de la chaqueta del chándal — apuesto a que vosotros también habéis recibido esto — Del bolsillo sacó una tarjeta idéntica a la que había traído aquí a la adolescente gótica y al niño gordito — La chica la cogió y la examinó extrañada. La misma tarjeta y la misma nota en el reverso… La niña pequeña, cogió al gato en brazos, se bajó de la silla y se acercó… Miró la tarjeta desde abajo, y sacándose una igual de la manga de la blusa, confirmó — Sí, yo también tengo una. — Y extendió la tarjeta para que todos la vieran, y luego la volvió a guardar en la manga. También el chico del chándal cogió su tarjeta y se la guardó en el bolsillo…

A propósito, me llamo Teo — Se acerco para dar un beso en la mejilla a la chica de negro, pero esta se apartó y le extendió la mano. — Yo Soy María y este es mi hermano Raúl —y Raúl estrechó la mano que Teo había extendido hacia María.

¿Y tú como te llamas? — Preguntó Teo mirando a la niñita, que acto seguido se cuadró en plan militar y casi sin respirar y con la barbilla muy alta exclamó.

María Lucía Robles de Tajuña… — Y ya soltando el aire y en voz más relajada y quieta, continuó — pero todos me llaman Lucy.

Encantado, Lucy— dijo Teo agachándose y dándole un beso en la mejilla a Lucy, y acariciando al gato, preguntó. — ¿Y esta gatita tan mona como se llama?

¡Gatita será tu padre, majo! — Exclamó el gato con una voz grave e imponente. Todos menos Lucy, dieron un respingo al unísono, mientras ella sonreía divertida. Raúl empezó a hiperventilar y no se sabía si lloraba o reía, resoplando entre dientes. Repentinamente la silla más cercana empezó a arder por el respaldo.

¡Oh no, otra vez no! — Gritó María mientras repetía el gesto de antes hacía la silla, sobre la que de nuevo se derramó el líquido verde, viscoso y estruendoso, apagando el fuego… Raúl, cálmate, o vas a quemar toda la casa!

¡Qué guay! ¡Así que esos son vuestros poderes, Raúl quema cosas, María convoca mocos y Lucy hace hablar al gato! — Dijo Teo entusiasmado.

No, el gato habla sólo, y es un gruñón— Replicó Lucy

¿Cómo no lo voy a ser si todo el mundo se empeña en cambiarme de sexo? — Se defendió el gato

Será por ese lazo que llevas— Aclaró Raúl, ya más calmado

Esa bruja me lo puso, maldita sea.

¡Ah! ¿Ese es tu poder, Lucy? ¿Eres bruja? — Preguntó Teo

¡Qué no! ¡Qué el gato no es mío!¡Ya estaba aquí cuando llegué!

¡No soy de nadie! — Aclaró el gato altivo — Sólo permito el honor a esa bruja de que me cuide y me alimente… Y me llamo, King, ya que habías preguntado.

¡King!¡Cómo no! Con ese ego no podía ser de otra forma — Dijo una voz desde lo alto de la escalera. Se trataba de un adolescente de tez oscura, pelo negro ensortijado y ojos oscuros. Nariz ancha y labios carnosos. Vestía una bata blanca de laboratorio sobre unos vaqueros y una camiseta amarillo chillón. Las deportivas que calzaba, eran del mismo amarillo. Unas grandes gafas redondas de pasta le daban un aspecto de empollón inconfundible — Es culpa mía que el gato hable, un experimento fallido, yo sólo pretendía que no le oliera el aliento a pescado, pero la fórmula falló y ahora habla, para desesperación de todos—

Ya llegó el listillo, yo me abro, no le soporto— Sentención King mientras saltaba de los brazos de Lucy y desaparecía escaleras arriba por el tramo opuesto por el que bajaba el chico negro.

Disculpad a King, se cree el rey del mundo y no es muy educado — Explicó el listillo — Me llamo Felipe, pero los que me conocen me llaman Alquimia— Lucy no pudo evitar una risita que intentó ahogar con las manos. — ¿Y eso? ¿porqué te ríes?

¡Alquimia es nombre de chica! — Respondió Lucy sin poder contener la risa.

¡De eso nada guapa! La alquimia es un arte muy antiguo, algo parecido a la química moderna… Y esas es mi habilidad, puedo crear pociones, sustancias y otras cosas, que sirven para casi todo… ¿Cual es la tuya, niñita?

Yo… — Dijo Lucy ruborizándose y bajando la vista en un ataque de timidez— Yo… Me dicen… cosas…

¿Te dicen cosas? ¿Quienes? — Preguntó Teo.

Ellos… mis amigos… están por todos lados— Se hizo un silencio incómodo mientras todos miraban alrededor intentando ver a esos “amigos invisibles” y luego a la niña interrogantes.

En ocasiones ve muertos — Se oyó decir a una grave y afectada voz, de nuevo desde lo alto de la escalera.

Chicos, os presento a nuestro anfitrión y maestro, Verónicamiranda — presentó Alquimia, mientras todos miraban boquiabiertos a un personaje extremadamente alto y delgado enfundado en un llamativo traje compuesto por unos estrambóticos pantalones rojos acampanados, una ancha camisa con chorreras y encajes y sobre ella un caftán rojo con brocado en negro en la parte superior y un ribete dorado alrededor. Y lo más llamativo de todo, las enormes, rojas y brillantes plataformas que calzaba, y a pesar de ello, bajaba la escalera con la elegancia de una vedette de revista. Haciendo tintinear todo el peso de la bisutería que llevaba encima: pulseras de varios metales y formas hasta el codo, unos enormes pendientes de aro de los que colgaban finísimas cadenillas de plata a modo de flecos y tres o cuatro larguísimos collares de perlas blancas, grises y negras que le daban varias vueltas al cuello. Y a pesar de tanto barroquismo, su aspecto era totalmente andrógino, su pelo negrísimo engominado, parecía pintado sobre su cráneo, incluso el caracolillo que le caía sobre la frente parecía la pincelada distraída de un dibujante. Su pálido rostro, profusamente maquillado, parecía de porcelana. Y el lunar que lucía sobre sus rojos labios, si que era descaradamente pintado. Una de sus enguantadas manos de alargados dedos, se deslizaba con gracia por la barandilla. Mientras con la otra sostenía a King, que volvía así a unirse al grupo.

Pues sí, la niñita puede ver y hablar con los muertos… Bueno, con sus fantasmas, que como ella dice, están por todos lados y le dicen cosas — Continuó explicando Verónicamiranda.

Pobrecita, debe ser horrible — Sentenció Teo pasándole el brazo sobre los hombros a la niñita con cara de tristeza.

¿Por qué? — Preguntó Lucy.

¿No te da miedo? ¿Ver muertos por todos lados?

No veo muertos. — Dijo enfadada, zafándose del brazo que Teo le había puesto sobre los hombros. — Veo amigos, me cuidan y me cuentan historias, se preocupan por mí y no dejan que nada me haga daño… — Sentenció con orgullo y convicción.

Todos escuchaban incrédulamente, no les cabía en la cabeza que una niña tan pequeña y que parecía tan frágil, estuviera tan en su salsa, rodeada de fantasmas continuamente… Les iba a costar comprenderla…

Bien, señor Teófilo Quiñones, su turno, ¿que sabe Usted hacer? — Dijo Verónicamiranda dirigiéndose a Teo.

¿Teófilo? — Masculló Raúl entre bufidos mientras intentaba contener la risa.

Teo, por favor, o mejor, T.Q., que es justo mis iniciales y lo que sé hacer — Respondió Teo mirando de reojo a Raúl y frunciendo el ceño…

¿Qué es T.Q.? — Preguntó Lucy sin comprender.

Telequinesis — Interrumpió Alquimia — puede mover cosas con la mente.

¡Mola! — Exclamó Raúl cambiando su diversión por devoción, lo que hizo sonreír a T.Q. — A ver, mueve algo.

¡Vale! — Contestó T.Q. — Mirad, ¿veis eso? — Dijo señalando una pequeña pirámide de mármol que había sobre un aparador de época en el lado opuesto a la fila de sillas. Todos asintieron…

T.Q. extendió la mano hacia la pirámide y se tensó… Pasaban los segundos, pero nada ocurría, los demás empezaban a impacientarse, T.Q. tenía el rostro deformado por el esfuerzo y gotas de sudor le resbalaban por la frente… Entonces, la pequeña pirámide pareció estremecerse por un momento, y poco a poco se elevó sobre la base unos centímetros. Estuvo suspendida en el aire unos segundos, todos aguantaban la respiración, y de repente, T.Q, pareció desmoronarse, y la pirámide cayó de nuevo en su origen, apenas unos centímetros debajo. Lucy y Raúl intentaban contener la risa tapándose la boca con las manos. María fue la única que se atrevió a hablar: —¡Patético! — exclamo con desidia.

T.Q. parecía avergonzado, y Verónicamiranda rompió el hielo.

Bueno, para eso estamos aquí, para desarrollar y controlar nuestras habilidades — Dijo mientras pasaba el brazo sobre el hombre de T.Q.

Señor Miranda…— empezó a hablar María.

¡Verónicamiranda! — Le interrumpió Verónicamiranda.

Perdón, Señorita Miranda — Siguió María.

Verónicamiranda — Volvió a interrumpir Verónicamiranda.

¡Ah! ¿Prefiere que la tutee? Bien, Vero…

Verónicamiranda.

Verónica…

Verónicamiranda.

¡Que no te enteras, niña! — Gritó el gato que ya había perdido la paciencia — Que su nombre es Verónicamiranda, así, todo junto, y no le gusta que le corten el nombre. ¡Ya ni recuerda su verdadero nombre! — Terminó, poniendo los ojos en blanco.

¡Está bien, Verónicamiranda— bufó María rindiéndose — ¿Qué habilidad tiene usted?

Soy una bruja — Respondió Verónicamiranda, sin darle importancia. — Creí que King ya os lo había dicho. — Cierto, el gato había mencionado varias veces a una bruja, claro que los niños no podían imaginar que era algo más que un insulto y que se refería a Verónicamiranda.

¡Fantonina! — Interrumpió bruscamente Lucy, como si hubiera hecho un descubrimiento

¿Qué? — Exclamaron todos al unísono.

Yo también quiero un nombre de superhéroe — explicó Lucy.

¿De Superhéroe? ¿Pero de que estás hablando? — Interrogó María.

Felipe es Alquimia, y Teo T.Q., yo también quiero un nombre de superhéroe. Y como veo y hablo con fantasmas, pues, Fantonina.

No somos superhéroes — Aclaró Alquimia — Es sólo un mote.

¡Mola! ¡Yo también quiero un nombre de superhéroe! — Interrumpió Raúl como si no hubiera oído a Felipe.

¡Qué no somos Superhéroes! — Repitió T.Q.

¿Qué te parece “Fogón”?… Por eso de que haces fuego… — Sugirió Lucy.

Sólo cuando me asusto — Siguió Raúl bajando la mirada avergonzado un momento, pero luego alzó la cabeza y sonrió complacido – Pero mola, me gusta Fogón… Ese será mi nombre de superhéroe.

¡Que no somos superhéroes — ¡Gritaron desesperados Alquimia, T.Q. y María! Mientras Verónicamiranda se desentendía de todo y sólo miraba sonriendo.

¿Y tú, Mari, que nombre de Superhéroe quieres? — Preguntó Raúl a su hermana (en casa la llamaban Mari, aunque a ella no le gustaba)

¡Qué no somos sup…! ¡va! — Exclamo María desesperada y perdiendo fuelle por el camino.

Moco — Soltó Teo entre risitas, que por lo visto había decidido unirse a los pequeños.

¡Ni se os ocurra llamarme así! — Gritó María con furia alzando un puño amenazador… Así que por fin, Verónicamiranda decidió intervenir antes de que la cosa llegase a más…

No son mocos, se llama ectoplasma. Es una sustancia que se cree proviene de otra dimensión, y una vez María lo controle, podrá hacer cosas maravillosas, aunque ahora tenga ese aspecto tan asqueroso.

¡Ya está! Tu te puedes llamar Ectoplasma — exclamó Lucy entusiasmada como si fuera la idea más genial del mundo.

Mejor “Plasma”— Dijo Raúl — que es más corto y mola más, ¿verdad?

Y además muy apropiado — Intervino T.Q. — porque suena como “plasta” — y todos se echaron a reír.

¡Idiota! — protestó María amagando con abofetear a T.Q. Pero Verónicamiranda paró el brazo de María a medio trayecto interponiéndose.

Bueno, chicos, haya paz… Intentemos llevarnos bien, que nos queda mucho camino por delante… — Soltó el brazo de María y con una inquietante y gran sonrisa de oreja a oreja recorrió con la mirada los rostros de todos los niños de una pasada, a la que estos respondieron uno a uno con una sonrisa forzada. —Y ahora, si no os importa, seguidme y dejad que os enseñe todo esto y os cuente que hacemos aquí…

Y empezó a subir la escalera seguido por todos los niños y el gato.

Pues a mi “moco” me convence más. — Dijo Teo quedamente entre risitas mientras subía la escalera el último justo detrás de María, provocando que ésta se volviera con mirada asesina. Teo se encogió y se protegió el rostro como esperando un golpe sin dejar de reír…